Piñeira

        De la existencia de Piñeira, algunos cientos de años antes de Cristo, da fe la presencia del Castro da Aldea, de rueda sensiblemente circular y en plano algo inclinado en la dirección O-E. Sus ejes miden el E-O 100 metros y el N-S 90. En plano más bajo, por el NO y N, se le adosa un segundo castro de ladera, semicircular y, más abajo, hacia el E del castro superior, una pendiente de 200 metros  que termina en una planicie en donde se ubica el lugar de Aldea. Al sur, bien defendido por un foso.

        En sus proximidades se sitúan las medorras, lugar de enterramiento o necrópolis. Es el primer cementerio de Piñeira.

        Y, perdurando en el tiempo, las eternas leyendas (mina de oro y alquitrán, la existencia de la típica bruja que engordaba los cerdos, etc.)

        Testigos fidedignos de la siguiente etapa, la romanización, son las piedras de los molinos romanos encontrados en el castro y que se encuentran en alguna casa. Luego la insuficiencia de la acrópolis provocó la expansión de los habitantes hacia las partes más bajas, surgiendo los lugares más antiguos de la parroquia.

        Es indudable la existencia de un monasterio dúplice: uno para monjes y otro para monjas. Lo prueba la toponimia: “Mosteiro” y “San Salvador”. El primero en el lugar en donde se encuentra la actual iglesia, dedicada a Santa María, y ésta perteneció a un monasterio. Sería el de monjes, (fue el que más perduró en el tiempo), quienes debieron edificar la actual iglesia en torno al siglo XIII.

        El otro topónimo, San Salvador (Patrón de la iglesia), era de monjas. Un topónimo menor “Adral” se refiere a un pequeño espacio entre las casas de la aldea, que va unido a la idea de un cementerio allí. Y un tercer indicio de la existencia de ese monasterio es la existencia de una pía del agua bendita en la actualidad en un muro muy cercano al Adral y a los restos de la iglesia.

        La cristianización en las aldeas fue obra de los monjes, quienes implantaron, difundieron y conservaron el cristianismo rural y, además, fueron los artífices de la conservación de la cultura antigua. Los primitivos monasterios de Piñeira pertenecen al alto medioevo que se desarrolla desde el siglo VI en adelante. Con la limitación de la casi absoluta falta de documentación (a salvo el “acta notarial” de su toponimia y la tradición, aunque ésta de forma confusa) se pueden datar que los dos existían en la primera mitad del siglo VIII, porque ya desde el VI se desarrolla con fuerza la cristianización de los pagos o aldeas para convertir a los paganos (aldeanos) en cristianos. La existencia de paganos en Piñeira desde los años 500 o 600 antes de Cristo está probada por el Castro. Los objetos hallados en el Castro demuestran la posterior romanización (bastante antes del siglo VI). Y si Odoario en el año 747 no cita a Piñeira (al igual que otras parroquias de Taboada) en su obra de restauración y de “presuras” es, sencillamente por no pertenecerle, al no necesitar “restaurarlos” ni ser tomados “en presura”. Es decir, estaban bien organizados y atendidos religiosamente

: gozaban de plenitud sus dos monasterios. La conclusión no puede ser más lógica: su existencia es anterior a 747.

        De la actual iglesia de Piñeira dice Vázquez Saco que “su mayor amplitud que la acostumbrada en los monumentos románicos de nuestras aldeas y sus proporciones acusan su origen monacal”. Monacal, porque se debe a los monjes y rural por el ambiente o implantación.

        Esta iglesia conserva íntegra la fábrica primitiva, a excepción del frontis, que es moderno. Salvo el coronamiento de los muros laterales y el testero que fueron algo rebajados: lo prueban los dos ventanales que, contra la inalterable costumbre románica, se hallan unidos al alero y parecen haber sido reducidos un poco en su altura o el hecho de que la altura actual de la nave no sobrepasa la del ábside, que es también atípico en el románico. Y también por la inexistencia de la ventana saetera encima del arco triunfal. Todo ello posiblemente para guardar la proporción entre altura y anchura.

        Las ventanas se abocinan por dentro (derrame interior) que producen el efecto del multiplicar la luz…

        La puerta sur es típica románica: enmarcada en columnas que se apoyan en basas. Los capiteles son estilísticamente románicos y sobre ellos corre una imposta también románica. Sobre ella descansa un arco semicircular o de medio punto, con decoración típica. Pero presenta ciertas anomalías o atipismo, consistente en la desmesurada altura, nada proporcionada a su anchura, posiblemente debido a que tenía adosado el monasterio y, de éste, el claustro monacal, con lo que además de la entrada de los monjes se destinaba al rito de las procesiones (obligatorias como parte integrante de la  liturgia eucarística) que eran encabezadas por la “gran cruz procesional”. Posiblemente ese adosamiento monacal justifique la ausencia de ventanas en el muro sur de la nave.

        Desaparecido el monasterio y reservada la función de la puerta como simple entrada de los fieles, se rebajó su altura y se grabó la actual invocación mariana de “AVE MARIA SIN PECADO CONCEBIDA” encabezada por las siglas JHS. En el tímpano, en torno al arco que lo perfila, aparece la inscripción “Tota pulcra es, amica mea, et macula non est in te” (Toda hermosa eres, amiga mía, y mancha no hay en ti).

        El ábside de la iglesia es su elemento más significativo y mejor conservado  de la fábrica románica. Tiene un tramo recto y otro en forma de cabecera semicircular. La unión de ambos con una semicolumna adosada al muro a cada lado y mediante otras dos adosadas la cabecera semicircular la divide en tres partes. En cada uno de los tres fragmentos se abre una ventana que se apoyan en una fina imposta ajedrezada que se extiende a todo lo largo del semicírculo, anillando las cuatro columnas.

        Las ventanas saeteras se enmarcan entre dos columnas, de fustes monolíticos sobre basas clásicas, rematadas por capiteles de ornamentación vegetal. Sobre cada capitel corre una imposta de billetes y encima de ésta descansa un arco de medio punto con la decoración propia del románico.

        El alero se apoya sobre canecillos con dibujos bien realizados de cabezas humanas, de anales, de ajedrezado, de formas geométricas, etc. Y lo mismo se puede decir de los que sostienen el tejaroz de la nave, por ambos lados que a pesar del rebajamiento del muro, conservan sus canecillos.

        El románico reprodujo el primer tipo de ábsides de las basílicas paleocristianas o primeros templos cristianos, el semicircular. Pero el ábside de la iglesia de Piñeira introduce una novedad en el románico: como el ábside semicircular resultaba demasiado reducido para un buen desarrollo de la liturgia que allí se debía realizar se le añadió un primer tramo o tramo recto. Este primer tramo se cubre con bóveda de cañón, que se apoya sobre el arco triunfal del inicio y un arco fajón en el extremo del tramo y en los respectivos muros laterales. La cabecera semicircular va cubierta con una bóveda de cascarón (cuarto de naranja). Se data en la segunda mitad del siglo XIII por su espléndida esbeltez interna y externa, estilísticamente lejos del puritanismo románico.

        La iglesia tiene en su interior un baldaquino o gran dosel, montado sobre cuatro columnas o puntos de apoyo, debajo del cual se cobija un altar (esa era su función originaria, la de “sagrado altar”). Ya se encuentran en las primeras basílicas (finales del IV) y su nombre original es el de “ciborio”. El actual nombre de baldaquino hace alusión a la tela de “Baldac” de que estuvieron hechos algunos. Como no era elemento esencial existe divergencia sobre su utilidad (se asoció a la alta autoridad y luego al honor o lugar honorífico). Lo que nadie discute es que de todos los existentes en Galicia y que se encuentren completos, el de Piñeira está entre los dos o tres más importantes. Se adosa al muro Norte de la nave con el que separa a ésta del ábside. Los dos ángulos libres se apoyan en columnas cuyos fustes recuerdan los de la famosa sacristía del monasterio de Oseira. Está cubierto por una pirámide decorada con frondas típicas en las aristas y en la parte media de las caras, rematando en un pináculo.

        Apoyados en las columnas se extienden dos bellos arcos conopiales, finamente esculpidos en las piedras que soportan la pirámide terminal, piedras sobre las que corre fina crestería de hojas.

        El tablero que mira al frontis, ostenta la escena de la Anunciación; en el ángulo izquierdo, un ángel de rodillas sostiene en la mano izquierda una cartela y habla respetuosamente con la Virgen, que ocupa el extremo de la derecha. María, en actitud devota con las manos derechas, lee en un libro que se abre sobre un facistol. Tiene destocada la cabeza y luce una larga melena que le lleva hasta la cintura. También lleva el halo de santidad o limbo.

        Completa la escena el Espíritu Santo, que aparece en forma de paloma. Y entre el Ángel y María, el típico florero de dos asas del que emergen tres flores colocadas simétricamente.

        La cara que mira al muro sur de la nace se decora con dos efigies de santos que ocupan los extremos. El de la izquierda sostiene un libro en la mano izquierda y lleva en la otra una espada alzada en alto. Se le representa descubierto y con barba y melena rizadas. Por la espada, instrumento de su martirio y el libro de las epístolas, debe identificarse con San Pablo.

        El de la derecha es Santiago con el atuendo de peregrino. Va cubierto con amplio sombrero, del que, por ambos lados del rostro, sale abundante cabellera, rizada como la barba. Apoya la mano derecha el  bordón y en la izquierda sostiene un libro, de la que cuelga una especie de rosario.

       

       Bibliografía

     Jaime Delgado, Ángel del Castillo (Inventario Monumental y Artístico de Galicia), José Filgueira Valverde y José Ramón Fernández Oxea (Baldaquinos Gallegos), Francisco Vázquez Saco (Boletín de la Comisión Provincial de Monumentos de Lugo), Nicanor Rielo Carballo (Inventario Artístico de Lugo y su provincia) y Ramón Yzquierdo Perrín (Arquitectura Románica en Lugo).

 

Antonio Vázquez Portomeñe